El primer rayo de sol toledano te despierta recortando su silueta en tu mirada.
Ves como su pecho asciende y cae entre los sueños.
Ha pasado un año y en todo ese tiempo habéis vivido mil encuentros, mil despedidas, mil “no te escucho” , mil perdones, trescientos mil “te quiero”; pero aún así, todavía no sabes lo que pasa por su cabeza, e incluso, en ocasiones dudas de la importancia de tu presencia en su vida.
Acercas tus labios a sus ojos y besas su parpado izquierdo. Su tacto suave y cálido, se torna áspero y frío. Al abrir los ojos, te descubres desnuda besando una estatua de piedra negra y tosca.
Te incorporas y escudriñas a tu alrededor. Estas sobre una pequeña colina de roca negra con pequeñas briznas de hierba azul.
El regreso a este mundo nocturno es más oscuro que de costumbre. La inmensa luna llena ha sido cubierta por las nube rojizas de la noche, dejando en penumbras los valles y en completa oscuridad, el bosque.
Sientes el frío de la oscuridad en la curvatura interior de tus senos y decides buscar un refugio. Desciendes la suave ladera hasta las puertas del bosque.
Ningún sonido rompe la masa negra que lo reina. Tan tenebroso resulta que piensas el buscar otro lugar en el que cobijarte, pero la calidez de la brisa que surge de su interior te invita a entrar.
En el instante en que tu piel desnuda se introduce entre las ramas, un furtivo rayo de luna se abre paso entre las hojas hasta besar tus hombros, el hueco de tu espalda, tus rodillas y tus manos. El contacto con la blancura de tu piel lo hace explotar y lanzarse entre cabriolas contra las piedras, los troncos, los tallos, las flores y las miradas de los habitantes del bosque.
Todos esos ojos multiformes, sólo te observan a ti, en su claro de luna. Observan el movimiento de tu cabellera negra, la punta de tu nariz, la delicadeza de tus muñecas y el contoneo de tu cuerpo mientras les concedes este baile. Cierra los ojos ante los suyos y déjate llevar. Deja que esa furtiva boca robe el beso escondido en la comisura derecha de tus labios.
Cuando abres los ojos ves todas las miradas en una sola, que te dice: “Te miro con miedo, con cariño, con lascivia, con admiración, con respeto, con amor… y nunca podré dejar de mirarte, porque tú eres la luz”.
En esta plaza, os sentáis y él te propone un juego: buscar a una persona que sea diferente al resto. Alguien a quien se le note que no le importa lo que opinen los demás de su imagen, su actuación, su pensamiento.
“Ese” dices tú señalando a un chaval con el pelo largo, flequillo cruzando su rostro maquillado de cuervo, pantalones negros rotos, de cintura baja. Pero cambias de opinión al verlo reunirse con un grupo de chavales de idéntico flequillo y mirada de muerto.
“Ummm, ¿Esa?” identificas a una muchacha con rastas mal cosidas, cariocas ondulantes en el aire, y falda larga y sucia.
“¿Y en que se diferencia de aquellos que le tocan tambores? Tienen las mismas rastas”, te contesta.
Por supuesto no señalas a ninguna de aquellas chicas de taconazos altos, faldas tan cortas como unas bragas y sonrisas excesivamente blancas y mentirosas.
“Todos quieren ser aceptados por los demás, todos quieren ser superguay, todos quieren que les quieran, todos aspiran ser unos mediocres de mierda si para ello son aceptados, aunque sea por los no aceptados”, te dice mirando la plaza abarrotada.
No piensas que sea así. Alguien ha de ser diferente, alguien ha de tener la personalidad liberada…
En tu búsqueda descubres a un pequeño animal blanco y lanudo. Te sorprende de que nadie se percate de su presencia. Le persigues por las calles abarrotadas.
La noche cae repentina sobre la ciudad. La noche roja, la noche de bosques azules, de tierra blanca y olas transparentes; noche de luna llena, inmensa.
Mira a tu alrededor, el frondoso bosque te abraza y esta pequeña laguna baña tus pies.
De las sombras del bosque nacen las figuras de las bestias nocturnas.
Buscan el agua, el refresco que traen las últimas lluvias, a través del fluir de un riachuelo vago.
La luna acaricia sus lomos mientras absorben el líquido.
Un tintineo acaricia el aire fresco nocturno. El sonido de una caja de música que proviene del follaje árbol, por donde asoma esa garra amarilla.
Buscas entre las ramas de los árboles y descubres garras, colas, mandíbulas y miradas.
Pertenecen a los seres racionales que habitan el castillo engarzado en la roca madre.
¿A qué esperan estos seres para bajar a beber con los demás animales?, mas no es el agua lo que ansían, ni saciar la sed. Lo que ellos desean saciar te da miedo y te ahuyenta.
Te escondes rauda tras unas rocas,lo justo para ver como uno de ellos se lanza al centro del estanque, haciendo que todas las bestias irracionales huyan hacia el interior de los árboles, donde los chillidos y rugidos se funden con golpes de batería y guitarra, que desgarran la serenidad de la noche roja.
Pronto, el silencio se adueña de todo, ni los pájaros pían, ni los árboles se mecen con el viento ausente. Todo es silencio, bajo tus pasos huidizos. Buscas una salida desesperada, intentando no ser vista por los seres del castillo.
El tacto que te produce esa garra, que se aferra a tu brazo, te hace chillar y romper todo el silencio que se ha creado después de la masacre.
Su mirada amarilla y atónita te observa. Reaccionas rápido y le empujas con la mala suerte de que su corpulencia te hace caer a ti.
Y caes a su lado, en el centro del parque, en este banco sucio, de esta tarde gris de noviembre.
“¿Lo ves? Todos quieren ser superguay a los ojos de los demás”.
“No, ese no quiere ser superguay. No quiere ser como los demas” dices victoriosa, señalandole al loco que siempre se sienta en las gradas y se rie y habla de la muerte de Lady Di.
Estáis tumbados en la cama y ni te mira y cuando le hablas su contestación es eternamente “No se”. En su mirada volada encuentras un brillo escondido, intentas leer pensamientos borrosos que se niegan a salir de su boca.
Te pones nerviosa, te enfadas y no paras de hablarle, quieres que reaccione, mas es imposible, pues su mente se ha evadido de las voces y los movimientos espaciales. Odias que haga eso. Llega un punto en el que no reaccionas lógicamente y le empujas fuera de la cama, entre gritos y patadas.
Él, como poseído por el demonio, arranca el papel de pared amarillo de las paredes, para descubrirte tras de él un dibujo en la pared. Colinas de vegetación que baila con los rayos blancos de la luna. El grabado comienza a tomar movimiento yrealidad a la que él te lanza.
Caes sobre los arbustos de frutos morados. Te levantas sin comprender nada, sin entender que te ha traído esta vez aquí, ni por que el aire es tan bravo y frío. Caminas pesadamente, pues la gravedad parece haberse vuelto el dedo de un dios que aplasta a los que caminan.
Observas las orillas del mar, tan bravo ahora, como calmo estuvo ayer. Unas sombras llaman tu atención y rápidamente te diriges hacia allí, siempre escondiéndote tras los arbustos y dunas de la playa.
Observas como sobre la arena yacen cientos y cientos de animales marinos. Son grandes y blancos, de ojos profundos y púrpuras, su enorme masa los hace parecer cómicos, y sus pequeñas aletas terminan en una finas uñas que se han clavado en la arena. Algunos todavía se agitan,otros han cesado de moverse, ya sea por desistir de la lucha o por que la muerte les concedió la paz que nadie busca. Escucha los grandes bramidos entre los golpes de las olas furiosas.
Obsérvalo, mira a ese pequeño ser de color rosado, parece muy joven, de larga cabellera negra y dos líneas nacidas de sus ojos para morir en su barbilla recortada. Sobre su frente el tatuaje de las tres ondas ascendentes parece brillar, rojo como las rosas y sus lágrimas.
Grita con voz de bandoneón de “fueye”, mientras corre de un lado a otro, entre las bestias marinas, con sus pequeñas piernas. Sus brazos lánguidos empujan cuanto pueden las pieles blancas en dirección al mar.
Grita y llora, empuja y llora, cae y llora y el viento se embravece y desde la arena surge un pequeño tornado, que a cada grito desesperado del pequeño ser, aumenta su tamaño y su fuerza. Todo comienza a elevarse, la manta blanca de muerte y agonía comienza a lanzarse y bambolear entre los soplos desesperados de este tornado blanco.
Aumentan los gritos, aumentan los bandazos, aumentas los bramidos y todo se tiñe del rojo de esta lluvia nacida en el ojo del huracán. Para que, en un solo segundo, esa gran tempestad espacial reviente enmil pedazos blancos.
Todo es rojo,todo es silencioso y en el centro de la playa de muerte un pequeño ser rosado, ahora rojo por la lluvia muerta, llora ahogadamente.
Te acercas a él, conmovida por su tristeza y su fragilidad. Sus pequeñas garras se estremecen entre tus manos, que intentan calmarlo. Juntas tu frente con la suya, haciendo de su tatuaje el nexo entre ambas pieles.
Llora y la abrazas, suena su voz de bandoneón y le susurras que el mal ya ha pasado, que el tornado no volverá e intentas que comprenda tus palabras humanas. Escuchas la replica del Fueye y en la lejanía de sus notas escuchas “Yo soy la culpable de todo este mal. Esta sangre la he derramado yo. Lo siento, yo no quería, lo siento, yo no quería, lo siento,…” Y se aferra a tus brazos y se estremece con tu tacto y sueltas sus garras y te separas de él, asustada. Al abrir los ojos para mirarle todo ha cambiado. El papel de pared amarillo ha vuelto a su lugar y él permanece absorto en su lado de la cama. Le soplas desde la distancia e interrumpes su trance. Te mira y dibuja una leve sonrisa. Te abraza y le susurras al oído “Tu voz tiene la pena que Malena no cantó”.
Tumbados sobre la cama os miráis cara a cara. La conversación se hace grave, y las pupilas bailan la triste danza de las titubeos. De repente la distancia entre los dos es de 777 kilómetros de distancia y el carraspeo del hilo telefónico no te dice cómo es su mirada, ni su tacto, ni de dónde nacen sus temores, ni los tuyos. Cuelgas el teléfono y vuestra distancia es de un millón de kilómetros.
Te sientas sobre la cama y piensas todo lo que puede pasar, piensas que aquel mal sueño se puede convertir en realidad y que al final de tu libro se escribirá una triste anotación sobre una Varsovia a la que nunca te llevará y piensas que cuanto antes llegue ese momento antes se irá.
De debajo del colchón recoges las páginas repletas de una historia que nació contigo. Abres la última página, la última que queda vacía, colocas la punta roja de tu bolígrafo sobre su textura amarillenta y comienzas a escribir:
"Estas son las últimas palabras que escribo en este viejo cuaderno de un viaje que tanto me prometieron y que nunca se cumplió, ni se cumplirá...".
La luz se ha fundido y no te deja continuar. Te levantas de la cama y te diriges hacia la puerta. En medio de la oscuridad absoluta tienes la sensación de estar en el centro del vacío y que nunca encontrarás la pared, el límite de esta estancia, pero no se cumple y llegas al espacio rígido de la pared, pero no es recto, ni uniforme, si no húmedo y agrietado. Intentas buscar con la mirada un rasgo de luz en medio de la habitación extraña y al final del pasillo lo encuentras, un rayo de luz roja ilumina las rocas negras que forman el suelo, paredes y techo.
Caminas tediósamente hacia la luz y los sonidos de una noche cálida bajo un cielo rojo y una inmensa luna eternamente llena y blanca.
El corazón está apunto de salirte por la boca cuando adivinas en la luz de entre las rocas grandes bestias de garras desproporcianadamente grandes, fauces rojas y pelajes erizados que denotan maldad. Se agitan furiosas y arrancan flores brillantes y las lanzan al cielo.
Su aspecto es tan aterrador que escondes tu mirada en el interior de tus miedos, no te atreves a salir de este refugio, de la oscuridad de tu seguridad. Piensas en como pueden sus fuertes mandíbulas desgarrar la carne, cómo pueden deborarte, como con una sola mirada pueden paralizar tu corazón.
Y entre todo ese miedo sólamente escuchas los rugidos ensordecedores de bestias furiosas.
Imaginas lo que pueden estar haciendo ahora, tal vez deborando a alguna alimaña, tal vez a un blanco lanudo carne de cañón de deboradores de carne deformadores de la naturaleza, aniquiladores de la seguridad de la soledad y la independencia.
El centro de esta oscuridad deseada comienza a disiparse, alzas la cabeza y ves como tu refugio negro se derrumba ante los rugidos y te deslizas en busca de un lugar seguro y sin darte cuenta acabas en el exterior.
Estás sola ante todos los bárbaros miedos. Sus mirada se clavan en ti y ves en ellas el mismo miedo que tú reflejas y ves cómo las flores lanzadas el aire estallan en colores y formas como fuegos artificiáles que desmiembran sus semillas por todo el bosque. El corazón te sigue latiendo a mil por hora, pero el sentimiento que lo origina comienza a cambiar, ya no es el miedo oscuro y ciego, si no la osadía y la valentía. Todos permaneceis quietos. Tu mano acaricia la esponjosa hierva y alcanzas entre tus dedos una de esas flores iluminadas, la arrancas y lanzas tímidamente al aire, tras su explosión todos rugen y saltan a tu alrededor, mientras continúan lanzando pétalos y colores al cielo.
Te unes a ellos, gritas y saltas tan alto que todos lo miedos, todas las vergüenzas explotan en el cielo, junto con aquellas flores y abrazas entre gritos y palmadas a una enorme bestia que te esboza una sonrisa enorme y roja. La noche continúa llenándose de bramidos y luces en esta fiesta del valiente, del fuerte, que no lo es por su tamaño o condición física, si no por sus ganas de vivir en el universo sin miedo a perderlo todo.
Los rugidos comienzan a desvanecerse entre el zumbido de un teléfono. Despierta, que te está llamando. Coges el teléfono y escuchas "Tengo miedo". "Yo también, pero no nos vamos a acurrucar en la soledad esperando a que venga lo peor, vamos a salir de esta cueva juntos a atemorizar al miedo y a llenar nuestro cielo de semillas de fuego", le dices mientras tachas lo escrito en tu cuaderno y sumándole otra página, otras páginas, un millón de páginas.
Me encantan los olivos como este, que me abriga con su sombra seca. ¿Te cuento una cosa sobre los olivos? Cuando era niño me diagnosticaron una alergia a sus flores. Negándome a vivir alejado de ellos, me frotaba contra sus ramas y su polen constantemente para que, quisieran o no, me aceptaran. Finalmente me volví inmune, aunque casi pierdo la vista. Creo que de tanto imponerle a mi cuerpo aquella hostilidad se volvió más fuerte. ¿Tanto significan para ti estos árboles que eres capaz de hacerte ese daño por ellos? Ven siéntate a mi lado, cierra los ojos y siente su rugosa piel en tu espalda, sus pies hundiéndose en la tierra, sus ramas batiéndose como alas repletas por jugosos granos. Siente como su piel se extiende y se eleva haciéndose cada vez más y más robusto y como te abraza con sus ramas toscas, mientras sus raíces crecen, se hincan y se entrelazan entre tus piernas blancas. Respira el aceite virgen que aún no ha brotado de sus frutos y la sabiduría que esconde en su sabia. Abre los ojos y observa la noche, el bosque, las hojas azules acariciando a la inmensa luna, las raíces negras retorciéndose en la tierra blanca. Escucha la naturaleza y escucha esa guitarra.
Se escucha leve, aunque cercana. Tras el tronco está su origen. Continúas escuchando como las notas bailan entre las ramas negras. Escuchas la ternura y la raza de la noche, escuchas el recuerdo de la música y los golpes de los dedos en las cuerdas. Los terrones de tierra caliente se deshacen entre tus dedos delgados, los saltamontes se esconden entre los bulbos oscuros y la brisa fresca acerca a tu olfato un fuerte olor a roscos de baño, flores de lis, una maceta de albahaca, tostadas con aceite de oliva virgen, mercados de pueblo, calles empedregadas y estrechas, casas blancas, ferias de septiembre infancia, La Infancia. Entre la música nace una voz anciana que dice “Venid y escuchad la historia de vuestra gente, vuestro pueblo y vuestro mundo”. Las palabras de voz humana se rompen entre las cuerdas de la guitarra y tu has de conocer quien las pronuncia antes que desaparezca. Intentas despegarte de los brazos olivares, de las raíces te arrancas y te despojas de su tronco, rodeándolo hasta encontrar el origen de aquellas palabras furtivas. No, no es humana como tu creíste. No, no nacen de unos labios rosados, ni negros, ni pálidos, si no de unos labios verdes rotos por unos colmillos amarillentos con sonido de cordófono. Tras el árbol, el anciano ser, que ya viste en este mismo lugar una vez, de formas femeninas y ancianas; está sentado sobre la raíz más fuerte de aquel grandioso árbol y frente a este, pequeños seres lo observan embobados. El de la izquierda, el más pequeño y blanco muestra en su rostro de vaca un gesto de sorpresa ante tu presencia, te señala. El de su derecha negro, con rostro de gorila y cola plateada hace caso a sus indicaciones y comienza a gritar con voz de zambomba. Tu presencia es descubierta por todos los pequeños seres. Todos los instrumentos comienzan a sonar la vez y se dirigen corriendo hacia ti. Comienzas la huida, pero antes de dar el primer paso te enredas entre las raices y caes de nalgas contra los bulbos y de espaldas contra el tronco. ¿Sábes ya el por qué de mi testarudez? Bien, pues abre los ojos y vamonos dentro de la casa, que la Señora Nati nos llama para que la acompañemos a Burguitos, que tiene que comprarse unos zapatos.